Anhelar algo más: la redención de una misa del gallo mediocre

TJP.Liturgy.2

Esperando su llegada (todavía)

Originalmente en inglés, traducido por Manuel Carrasco García – Moreno

Muchos rostros me resultaban familiares y, desmejorados por la edad y salpicados de canas, me traían mi pasado a la memoria. Sentado durante la misa, me vinieron magníficos recuerdos de celebraciones navideñas en esa iglesia, mi parroquia de origen. Me vinieron a la memoria los distintos párrocos que habían servido en ella y la riqueza de la música que en su día llenaba el abarrotado edificio. De niño fui monaguillo durante casi diez años y ahí fue donde descubrí a Dios por primera vez. Aquel edificio estilo hangar, con su presbiterio revestido de madera y su alfombra naranja-dudoso fue donde me di cuenta de que los evangelios eran algo más que meras palabras en una página, donde me di cuenta de que eran a un tiempo llamada y desafío. Aunque el edificio en sí no fuera bonito, siempre se podía contar con la belleza de las celebraciones, belleza que se veía en las experiencias orantes comunes de las personas que se reunían.

Pero la experiencia de este año no ha sido tan memorable; apenas fue piadosa, siquiera. Parecía que todo el mundo “ahí arriba” —los sacerdotes, los músicos, los demás ministros— hubieran preferido estar en otro sitio. No hubo palabras de bienvenida para aquellos que quizás se habían atrevido a volver al templo después de algún tiempo alejados; no hubo invitación alguna a considerar cómo Dios viene al mundo actual; no daba la sensación de que esta celebración/reunión fuera diferente de la de cualquier otro domingo. Después de la misa de Noche Buena de este año no me quedó claro que Jesús hubiera nacido.

Aquella fría noche, mis padres y yo fuimos en coche a nuestra parroquia para asistir a la misa del gallo (prevista para las 22:30) y nos sentamos en nuestros sitios habituales, en los bancos de la parte este del templo, cerca de la sencilla estatua de San José. Nos arrodillamos y rezamos, después nos sentamos y leímos la hoja parroquial y esperamos; un ritual habitual en nuestra vida de católicos. Mientras esperábamos, escuchábamos como el esforzado coro hacía lo que podía con Noche de Paz, hasta que empezó la misa.

Ya desde el principio la cosa salió torcida. El coro y los ministros podrían estar esforzándose, pero parecía que no se habían puesto de acuerdo. Vi como el cura, joven, recién ordenado, hacía aspavientos con los brazos para intentar detener al galleante coro para poder colocar la figurita del Niño Jesús en el pesebre frente al altar y recitar una oración. Con el niño de porcelana ya a salvo en su covacha llena de paja artificial, el aire volvió a retorcerse con los sonidos del coro que resoplaba los primeros versos del Adeste Fideles, invitando a la asamblea a unírseles. Miré alrededor para darme cuenta de que pocos lo hicieron.

Cuando la liturgia llegó a su fin, después de algunos agradecimientos formales al coro y al joven sacerdote por su “maravillosa homilía” (en la que simplemente nos había leído algún pasaje de una carta de un papa muerto hace ya tiempo), el párroco nos deseó una feliz Navidad de parte de todo el personal de la parroquia, diciendo sus nombres como quien recita números en el bingo. Y así, poco más de cuarenta y cinco minutos después de habernos sentado en la banca, estábamos ya en el coche. ¿Dónde se ha quedado la alegría? me preguntaba yo. “¿Por qué seguís viniendo aquí?”, les pregunté a mis padres. Encogieron los hombros y se rieron nerviosamente, como si mi pregunta les hubiera causado confusión.

***

Es duro volver a casa. Echo de menos ver la iglesia llena y cantar en voz alta con los demás. Echo de menos la belleza de las celebraciones de la parroquia de mi infancia, las asambleas que me revelaban quién era Dios y cómo actuaba. Sobre todo, echo de menos la alegría que resultaba evidente en las caras de los de “ahí arriba” — curas, músicos, ministros—, que resultaba contagiosa para los que estábamos “aquí abajo” en las bancas. Sé que no se trata de nostalgia porque cualquier tiempo pasado fue mejor. De hecho, no creo que los tiempos pasados fueran tan mejores. Se trata sólo de que deseo algo más para mi parroquia natal que lo que encontré allí en Nochebuena; más de los curas, de los músicos, de mis padres y de sus parroquianos, tanto nuevos como viejos. Quiero más de ellos porque encontré más en ellos en su momento: vocación, desafío, belleza, alegría. Estoy seguro de ello.

También estoy bastante seguro de que no soy el único con estos anhelos. Creo que mis padres (y otras personas como ellos) siguen yendo a esa iglesia porque quieren más de lo que en realidad tienen: fe en el Dios que tiene fe en ellos, sin importar el escenario. Jesús ha nacido. Y en un lugar bastante sombrío, además. Con nuestro anhelo por algo más damos lugar al nacimiento ya que preparamos un lugar para que ello suceda. En un viejo pesebre polvoriento o en una experiencia deprimente de iglesia, Dios nace de nuevo en nuestro tiempo y nuestro lugar. Y eso merece la pena ser recordado.

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La imagen de portada, de la usuaria de Flickr Carol Von Canon, puede encontrarse aquí.

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