El Pueblo Resucitado en El Salvador

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Del 12 al 18 de enero jóvenes peregrinos provenientes de varios países se dieron cita en Centroamérica para vivir el MAG+S, una actividad que se realiza una semana antes de dar inicio la Jornada Mundial de la Juventud. El objetivo del MAG+S es que los peregrinos puedan conocer la realidad social, cultural y religiosa del país y las distintas actividades en la que la Compañía de Jesús tiene presencia. Este año, el MAG+S, tuvo la característica de haberse realizado en cinco de los países centroamericanos: Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica y Panamá.

Quisiéramos compartir la experiencia que vivimos tres escolares jesuitas que viajamos a El Salvador para colaborar en las distintas actividades de MAG+S. MAG+S-El Salvador estuvo divido en 12 experiencias en distintas regiones del país. Algunas de las temáticas fueron: espiritualidad, arte, cultura, organización de cooperativas y memoria histórica. Cada una de ellas estuvo, y está marcada, por la presencia de los mártires jesuitas, San monseñor Romero y tantos jesuitas y laicos que trabajan para acompañar a un pueblo lleno de esperanza y amor.

A continuación, compartimos experiencias en tres departamentos del país: Cabañas, Sonsonate y Chalatenango.

Lugar: Santa Marta, Cabañas, El Salvador.
Por Benjamín Sánchez Selva, S.J.

Una historia de huida y retorno al país fue lo esencial en la experiencia en Santa Marta. Los peregrinos conocieron la historia de Santa Marta, una comunidad que regresó del exilio y que nació a raíz de la firma de los acuerdos de paz en el año de 1992. Este hecho ocurre tras la guerra civil entre los años de 1980-1992, que propició la guerra entre campesinos y el ejército. Este hecho trajo consigo, la muerte de tantos salvadoreños y salvadoreñas que dieron la vida por la paz en ese país. Así mismo, propició la salida de mucha gente, que no tuvo otro camino que el de huir y, que poco a poco, años después, fueron retornando a El Salvador.  El objetivo de esta experiencia fue entonces conocer la memoria histórica que da sentido a la vida en esta comunidad.

Compartimos con las familias, recorrimos la comunidad y visitamos el río Lempa, donde ocurrió una de las grandes masacres (el total de muertos, según cifras oficiales dada por la población, serían de unos trescientos muertos). Esto sucedió cuando el pueblo huía del ejército hacia Honduras, esto debido a las grandes violaciones físicas que estaba realizando los militares, esencialmente a aquellos allegados a la guerrilla, así como a catequistas y activistas comunitarios.  Esta fue parte de la experiencia que realizamos.

Santa Martha me recordó, y a todos los que vivimos la experiencia, al pueblo hebreo. Al igual que éste, Santa Marta nacía, primero de un destierro producto de la guerra, en la que el ejército salvadoreño había decidido acabar con toda la vida que hubiese en la región. Esta campaña de exterminio se llamó: “tierra arrasada”. Pero también, es similar al pueblo hebreo, porque llegan nuevamente a una tierra que se vuelve fecunda y santa. Esto permitió a santa Marta mantener una organización como comunidad y salir adelante ante las miserias que la guerra había producido.

El P. Alberto S.J., procedente de España, dijo en una de sus homilías en la comunidad que: Santa Marta era una tierra santa.  Yo pienso que así fue. Yo tuve la dicha de estar en una tierra, en donde, tantos hombres y mujeres derramaron su sangre para ver a su pueblo libre, pero, también, llenos de solidaridad los unos con los otros. Es esto, lo que volvía santa a esta tierra. Recuerdo que, en una plática con la comunidad, alguien de los peregrinos preguntaba: “¿cómo hicieron para sobrevivir a tanto, para poder defenderse?” La comunidad contestaba: “el evangelio, eso era lo que teníamos. El evangelio y las homilías de Mons. Romero. Con esto, nosotros pudimos saber lo que teníamos que hacer si queríamos vivir o dar la vida por nuestra gente.”

“Un pueblo que no conoce su historia, está condenado a repetirla.” Ésta era otra frase que repetían los pobladores en Santa Marta. El interés, ahora de la comunidad, era de apostar por mantener viva su memoria histórica. Por eso, la comunidad cuenta con una organización social que implica un trabajo con niños, jóvenes y adultos. Desde la base de una cooperativa, ellos obtienen las herramientas necesarias para transmitir dicha historia, pero, al mismo tiempo, para juntos, ir creando una comunidad más unida y ejemplar. Por ejemplo: la comunidad ha ayudado para que muchos jóvenes puedan realizar sus estudios universitarios y están ahora, ayudando en el desarrollo de la comunidad. Este es el caso de la unidad de salud y la escuela, los cuales son llevado, en su mayoría, por profesionales originarios de la comunidad.

Está experiencia significó un encuentro con un Dios que ha acompaña a un pueblo sufrido, pero lleno de mucha esperanza. Santa Marta es la historia de un Dios vivo, un Dios de amor. Cada rostro, cada mirada, aunque lleva una historia de dolor, son al mismo tiempo, una alegría profunda de saber que, en las manos de Dios, es posible salir adelante y organizarse para tener una comunidad justa y solidaria.

Los peregrinos nos sentimos muy agradecido con Dios y con la comunidad por la oportunidad de vivir MAG+S en esta comunidad. Fue lo mejor que nos pasó de este encuentro en el Salvador. La gente nos abrió su corazón y nosotros, ante tal acto, nos dejamos llenar de su amor. Santa Marta, es una vivencia de ese MAG+S, al cual estamos invitados todos. Santa Marta quedó en nuestros corazones, la comunidad nos los encendió para seguir apostando, en cada uno de nuestros países, por una lucha de la justicia y de la paz con más radicalidad.

Lugar: Sonsonate, El Salvador.
Por Abiud Alejo Rolón Macías, S.J.

Señor, tú eres nuestro Padre; nosotros somos el barro, y tú el alfarero. Todos somos obra de tu mano. Is 64:7

El barro ha marcado la experiencia de los jóvenes procedentes de España, el Salvador, Colombia, Argentina y México que participamos en la comunidad de Sonsonate, El Salvador.

Durante los días de MAG+S supimos lo que significa trabajar el barro, no sólo sabernos puestos en las manos de Dios, sino también, ser alfareros junto con los demás, especialmente con las personas que nos abrieron las puertas de sus casas y sus vidas.

Poco a poco fuimos moldeando nuestro corazón compartido con el dolor de un pueblo crucificado por la inseguridad, la falta de oportunidades, la migración y la muerte.  También compartimos esas vasijas de barro donde cada uno guarda un gran tesoro y lo pone al servicio de los demás; jóvenes del MAG+S confrontados con una realidad no ajena a los países de origen, pero a la vez, motivados para seguir construyendo un mundo de justicia, de igualdad, recordando especialmente a todos aquellos activistas sociales que han muerto en defensa y lucha por los más vulnerables, recordando también a los mártires de la UCA, Monseñor Romero y tantos mártires de El Salvador testigos del Dios de la vida.

Entre las experiencias vividas, tuvimos la oportunidad de trabajar el barro con una familia de alfareros en la comunidad de Santo Domingo de Guzmán, con fuerte tradición indígena y de habla Nahuat.

Asistimos a Izalco para compartir y conmemorar la matanza del 32, conocida así por el asesinato de muchos indígenas en el año de 1932. Los lugareños recuerdan a sus seres queridos con una ceremonia usando el altar maya sobre las fosas donde fueron enterrados.  Además, ayudamos en pateado de lodo para hacer adobe para la construcción de un centro para recuperar las tradiciones indígenas y sobre guardar la memoria histórica de la comunidad.

Entre otras actividades, visitamos el hogar de ancianos Ágape para compartir con los ancianos, especialmente con las esperadas rondas de Lotería (bingo mexicano). En la playa de los Cóbanos realizamos una brigada de limpieza. Además conocimos la técnica para teñir con añil, un pigmento natural azul utilizado para pintar las prendas de vestir. Por último, convivimos con jóvenes del Movimiento Eucarístico Juvenil (MEJ) con juegos, dinámicas, comida y bailables típicos de la región.

Lugar: Chalatenango, El Salvador.
Por Juan Callejas Báez, S.J.

Visitar El Salvador es ir a encontrarse con un pueblo empobrecido, marginado, torturado y matado, pero que ha Resucitado y le muestra al mundo sus llagas gloriosas. Ahí donde hubo represión, guerra y muerte, ahora hay vida y vida en abundancia.  Escuchar las historias y relatos causa asombro para aquellos que nunca han vivido situaciones semejantes. Sus testimonios son una llamada a la esperanza para el mundo, los salvadoreños nos enseñaron que la guerra y la violencia no serán nunca la solución a los conflictos; los conflictos se solucionan con paz, justicia y organización social. Desde la experiencia espiritual estar en el Salvador es escuchar a Jesús resucitado diciendo al apóstol Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino cree”

La experiencia en la que participé fue la de memoria histórica en el municipio de San José las Flores en el departamento de Chalatenango, El Salvador. Este municipio vivió en carne propia la cruenta guerra civil que azotó a El Salvador entre los años 1980-1992. Lo que obligó a sus habitantes a abandonar sus hogares en 1982, y durante cuatro años la población civil anduvo itinerante huyendo de las balas y de la represión del ejército salvadoreño con aval norteamericano. En el año 1986 la población vuelve a sus hogares y comienzan a reconstruir la comunidad.

Arribamos a la comunidad 21 peregrinos el domingo 13 de enero de 2019, de cuatro nacionalidades distintas: colombianos, españoles, salvadoreños y mexicanos.  En el pueblo de San José las Flores, fuimos recibido por la señora Zoila Guardado, representante de la comunidad, nos instalamos en el centro comunitario y acudimos a degustar un banquete que habían preparado para nosotros. Por la tarde la señora Zoila Guardado guió un recorrido por la pequeña comunidad de alrededor de unos 1500 habitantes. En la plaza pública Zoila G. nos habló de la historia del pueblo y de cómo habían sobrevivido a la guerra. Nos mostró restos de bombas y de morteros de guerra, que conservan como testimonio visual de que el uso de las armas solo lleva a la destrucción y no a la paz.

El día 14 de enero se realizó una peregrinación a un cerro ubicado a 5 km de la comunidad, conocido como “el cerro de los Urbina.” En dicho cerro se colocó una imagen de la Virgen María conocida popularmente entre los habitantes como la Virgen de la Resistencia. En el año 2005 la empresa minera Martinique Minerals de El Salvador SA. de CV., empresa subsidiaria de la canadiense Pacific Rim, que en el año 2013 fue adquirida por la empresa Oceana Gold, intentó comprar las tierras de los campesinos de San José las Flores y otros municipios cercanos para comenzar a explotar yacimientos de oro y plata entre otros minerales encontrados en la zona. Los habitantes de San José las flores se organizaron y con la ayuda de ONGs y la iglesia católica pudieron hacer frente a esta empresa frenando la explotación minera.

En respuesta a esta lucha el gobierno salvadoreño aprobó en marzo del 2017 la ley de prohibición a la minería metálica. Cómo símbolo de esa lucha se colocó la imagen de la Virgen en el cerro y cada año se peregrina al lugar para conmemorar el freno a la minería metálica. En el lugar se nos dio a los peregrinos una pequeña charla sobre la resistencia a la minería. Uno de los jóvenes le preguntó a don Amado Valles el guía y miembro del comité de resistencia comunitaria: “¿Por qué no vendieron sus tierras a las empresas mineras?” Don Amado respondió, “Porque esta tierra es sagrada para nosotros. Estos cerros tienen la sangre de nuestros padres, hijos, hermanos y parientes que murieron en la guerra para que tuviéramos paz. La minería viene y destruye, contamina y divide a los pueblos. Ellos dicen que traen progreso cuando en realidad traen destrucción, enfermedad, contaminación y muerte.

Después de la peregrinación al cerro de la Virgen de la resistencia, se realizó un conversatorio con los líderes de la comunidad que nos hablaron de la importancia de cuidar a la tierra y a la comunidad. Narraron cómo ellos se habían organizado y le habían ganado una batalla a un monstruo llamado “Minería metálica,” pero que seguirán luchando por el bien común. Don Lisandro Monge, otro líder de la comunidad, explicó que las luchas eran simplemente por amor a sus hijos, hermanos, su comunidad, sus antepasados y a la tierra misma. Sin amor nada era posible, con amor se podía lograr todo. La experiencia humana y espiritual de la comunidad impregnó al grupo de peregrinos. Todos reconocieron la importancia de la organización, el amor a la tierra y la instauración de la paz como caminos de humanización.

Días posteriores se realizó un mural en la entrada del pueblo en favor del cuidado de la tierra y en contra de la explotación minera, resaltando el cuidado de la casa común. También se realizó una jornada de limpieza en la rivera del río Sumpul con la consciencia de que el cuidado de la naturaleza es responsabilidad de todos. Finalmente, los jóvenes de la comunidad organizaron juegos y actividades con los peregrinos, se jugó, se cantó, se bailó, como una sola comunidad sin distinción de cultura y nacionalidad. Fue la fiesta de la amistad y la fraternidad, Cristo joven estaba ahí.  La experiencia del resucitado encarnado en los habitantes de San José las flores inflamaron el corazón de los peregrinos. Todos regresaron a San Salvador contentos de ver un amanecer social, religioso y cultural en San José las Flores. El pueblo martirial como ellos se definen, me manifestó que la vida siempre triunfa sobre la muerte. La paz y la justicia fueron, son y serán su horizonte comunitario, siempre de la mano del Señor Jesús y el evangelio.

 

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