Catolicismo universal: la Iglesia está cambiando, pero no como hubiéramos pensado.

All Road Rome by dawnmichele at Flickr

Todos los caminos llevan a Roma – O quizás al revés

Originalmente en inglés, traducido por Manuel Carrasco García-Moreno

Una vez una amiga me dijo que le encantaría ser una mosca posada en la pared durante las cenas de comunidad de los jesuitas. “Aprendería un montón” decía, sugiriendo, imagino, que una mesa llena de tipos exageradamente preparados y con una variada gama de intereses de seguro daría lugar a una conversación bastante productiva. Mi respuesta consistió en asegurarle que pasamos la mayor parte de nuestras cenas discutiendo las posibilidades que los Patriots tienen de ganar la Super Bowl o si la tarta de calabaza de Costco está más rica que su rollito de calabaza 1

Pero esta cena fue la excepción: cuatro jesuitas americanos de diversas tendencias ideológicas se pusieron a debatir sobre la doctrina moral católica en relación al mandato anticonceptivo del Departamento de Salud. Concretamente, estuvimos discutiendo si el antiguo principio de la teología moral católica, la cooperación material, podría ser aplicable al mandato y si, a la luz de las prioridades del papa Francisco, el episcopado norteamericano debería cambiar su tono —si no su postura— en sus objeciones al mandato.

Pero es lo que pasó después de la cena lo que se me ha quedado marcado hasta ahora. Mi comunidad jesuítica es de una internacionalidad impresionante: somos 57 graduados estudiando teología en el Boston College (más algunos profesores) y casi la mitad no son norteamericanos, sino ciudadanos de 22 países (más Puerto Rico) en los seis continentes. Pues pasó que esa noche, sin haber llegado a un acuerdo sobre el tema del Obamacare, decidimos llevar a nuestro compañero Ignace a un lugar cercano para celebrar su cumpleaños número 39.

Ignace es de Madagascar y en aquel momento llevaba 10 semanas en los Estados Unidos. Al llegar al bar, le enseñó el pasaporte al portero y ya de paso, me enseñó su visado de estudiante, señalando que el Departamento de Estado le había concedido tan solo una estancia de tres meses. La mayoría de los miembros africanos de nuestra comunidad —por ejemplo, un ruandés llamado Marcel, que también estaba con nosotros esa noche— tienen visados de dos años e Ignace tenía muchas ganas de explicar su teoría de por qué a él le trataban de manera distinta. La historia a la que se lanzó de lleno era tan larga y enrevesada —estirándose a través de tres décadas de historia política malgache, desde la independencia de 1960 pasando por dictaduras y golpes de Estado hasta la controversia sobre la legitimidad del actual presidente, que llegó al poder tras una revuelta popular en 2009— que no cabría esperar que pudiera yo reproducirles los detalles aquí.

Pero lo que encontré más fascinante es que la Iglesia católica aparecía de manera prominente en momentos claves de la historia, incluyendo su capítulo más reciente cuando, en 2009, el arzobispo de la capital de Madagascar, una tal Antananarivo, dio su apoyo público al actual presidente del país. El gobierno de los Estados Unidos lo considera un presidente ilegítimo porque llegó al poder mediante un golpe de estado. Todo esto para decir: mi nuevo amigo y hermano jesuita Ignace sospechaba que su infortunio con el visado tenía mucho que ver con el apoyo de su arzobispo a un político que no cuenta con el favor de los Estados Unidos.

Más tarde esa misma noche, Ignace explicó que los católicos de Madagascar, que comprenden el 20% de la población, están en una posición de precariedad. En un país en el que el 90% de la población sobrevive con menos de 2 dólares al día, los católicos se encuentran en los ultimísimos peldaños de la escala social. Por razones históricas, los protestantes tienen más dinero y poder: “Basta con ver las iglesias los domingos por la mañana”, decía Ignace, “muchos coches en las iglesias protestantes. Ningún coche en las iglesias católicas; los católicos todos andan a pie”. A Ignace no le sorprendía que el arzobispo, al frente de una comunidad empobrecida, hubiera apoyado la presidencia de un político reformista católico, incluso si a dicho político lo ven desde Occidente como el autor intelectual de un golpe de estado.

Me picó la curiosidad, así que le pedí a Ignace que enumerara los principales problemas a los que se enfrenta la Iglesia en Madagascar y sin dudar, me respondió: “La pobreza, el número uno”. No es sorprendente. Incluso la misma familia de Ignace, adinerada para los estándares malgaches (es decir, que no se están muriendo de hambre), sufre de un acceso al agua gravemente limitado, cortes de luz esporádicos y un servicio sanitario que haría que el Plan Bronce del Obamacare pareciera el no va más de los seguros médicos. Ignace siguió explicando que la globalización había supuesto un poco de todo para Madagascar: por un lado, había traído los puestos de trabajo americanos que tan desesperadamente se necesitaban; pero, por otra parte, la élite política y económica del país se había apropiado de gran parte de los beneficios de esto, desencadenando así el golpe de estado de 2009. 2 Siguió Ignace con la lista de las demás preocupaciones: tensiones entre los curas y sus parroquianos sobre temas financieros, la extraña realidad de que los colegios católicos de los jesuitas han formado a algunos de los políticos más corruptos del país, la falta de oportunidades educativas y mucho mucho más.

Esa misma noche, sintiéndome algo abrumado por la conversación, todo lo que podía hacer era reírme. Me reía, supongo, de mi ignorancia. Me reía del hecho de que el americano exageradamente preparado que soy, antes de la conversación de aquella noche, no podría haber dicho el nombre de la capital de Madagascar, mucho menos hablar sobre su peliaguda historia política o los problemas tan diversos y apabullantes a los que se enfrenta su población católica.

Me reía también porque al comienzo de la velada había estado discutiendo sobre el mandato del Departamento de Salud como si con toda probabilidad fuera el punto más urgente de la agenda del papa Francisco.

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Francis Vertical by Catholic Church (England and Wales) at Flickr

El Papa Francisco

Después de mi conversación con Ignace, tomé la decisión de encuestar a todos los miembros de mi comunidad no occidentales acerca de los problemas más urgentes a los que se enfrenta la Iglesia en sus países de origen. Los encuesté a todos: japoneses, indonesios, singapurenses, nigerianos, keniatas, chilenos, brasileños, tanzanos, turcos, mexicanos, sirios, ruandeses, filipinos. La pobreza quedó en el puesto número uno o dos de todas las listas menos tres. Otros puntos muy votados entre los africanos fueron las tensiones tribales, el SIDA/VIH, la reconciliación tras el genocidio, el surgimiento de una forma agresiva de protestantismo evangélico. Los de Centro y Sudamérica mencionaron a menudo los evangélicos, las drogas y la falta de oportunidades educativas. Muchos asiáticos mencionaron también la pobreza, así como asuntos interreligiosos, por ejemplo, los desafíos de coexistir en sociedades multi-religiosas en las cuales los católicos son minoría. El clericalismo y las tensiones clero-laicado las mencionaron casi todos con los que hablé.

Esta encuesta me llevó varios días y condujo a otras muchas conversaciones nocturnas con compañeros de comunidad. No fue hasta una semana después o así que, en un momento tranquilo de reflexión, empecé a darme cuenta de que este ejercicio me estaba afectando de una manera que no había previsto. Francamente, todo este asunto me había deprimido y también me había hecho sentirme culpable por mi ignorancia. Estos hombres con los que vivo me habían estado contando anécdotas y anécdotas de adversidades personales y comunitarias, de católicos abriéndose camino en medio de problemas mucho más apremiantes que a los que yo me enfrentaba, en partes del mundo que me resultaba complicado ubicar en un mapa. Lo que me sacudía una y otra vez era lo alejadas que estaban sus preocupaciones de las que ocupaban la mayoría de mi tiempo de debate en Twitter o en la mesa del comedor. No hubo ni una sola mención a anticonceptivos (excepto tangencialmente, en relación con el tema del SIDA/VIH), ni a la ordenación de mujeres, el aborto, controversias litúrgicas o libertad religiosa (salvo unas pocas menciones a la persecución religiosa a tope, de la de ‘a muerte’).

Y resulta que no soy el único americano culpable de solipsismo en asuntos eclesiásticos. De hecho, tengo difícil encontrar un comentarista que no mencione estos temas candentes de la cultura occidental, e incluso más difícil aún para encontrar uno que se sitúe con seriedad frente al papa Francisco en su condición de ‘hombre de Iglesia del hemisferio sur’.

Ross Douthat, del New York Times es un buen ejemplo de esto. Douthat es siempre una lectura interesante sobre asuntos religiosos: un católico converso de centro derecha, cuyo material rara vez anda corto de mordacidad o equilibrio. Pero en dos de sus más recientes comentarios en los que delinea lo que él entiende como el núcleo del plan de Francisco (aquí y aquí) 3 no encontrarás mención directa alguna —ni una— a un contexto que vaya más allá de América del Norte y Europa occidental. Douthat ve que el objetivo central de Francisco es mover a la Iglesia más allá de las guerras ideológicas (occidentales) que la hostigan desde el Vaticano II. Douthat sostiene que poniendo a un lado los asuntos culturales que nos dividen en favor de temas como pobreza o misericordia, Francisco está intentando forjar un nuevo ‘centro’ católico.

Los argumentos de Douthat tienen cierto mérito, pero resulta revelador que vea la misión central de Francisco exclusivamente desde la perspectiva de los conflictos del mundo occidental desarrollado. Lo que he empezado a sospechar, especialmente después de estas conversaciones con los jesuitas de mi comunidad internacional, es que tal vez Francisco se traiga otra cosa entre manos. ¿Podría ser que cuando mueve el timón más allá de los anticonceptivos y se centra más bien en los apuros de los inmigrantes, su principal objetivo no es superar las divisiones ideológicas de Occidente, sino abordar los asuntos más urgentes a los que se enfrentan diariamente la gran masa de 1,3 mil millones de católicos de todo el mundo? ¿Podría ser que está dando prioridad a los católicos que mueren de hambre en Madagascar por encima de la batalla americana sobre los servicios sanitarios?

Tal vez esto es lo que pasa cuando eliges a un Papa del hemisferio sur: que a los asuntos del norte se les da de lado. Benedicto XVI es un europeo que centró su papado en salvar la Cristiandad occidental: la Nueva Evangelización. Quizás el primer Papa del sur, con un 69% de las personas a las que representa naturales, como él, de fuera de Norteamérica y Europa, está situando con toda la intención la agenda del hemisferio sur en el puesto del conductor  y nos está diciendo a los demás: súbanse al carro.

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Pienso que hay bastantes razones para afirmar que esto es precisamente lo que está pasando, y más aún, que el cambio se ha ido preparando desde hace algún tiempo, incluso aunque Occidente no haya logrado darse cuenta de ello. En 1994, Juan Pablo II anunció que tenía la intención de celebrar un sínodo de los obispos asiáticos. La Curia romana preparó los lineamenta, un documento preparatorio delineando los principales puntos de la agenda que el sínodo iba a tratar y que se envió a las conferencias episcopales de Asia. La respuesta que llegó de Asia fue chocante; ya en aquel momento, debería haber dado a Occidente alguna indicación de hacia dónde se estaban dirigiendo las cosas.

La Conferencia Episcopal de Japón escribió un audaz rechazo del programa establecido por Roma en el que declaraba: “Dado que las cuestiones de los lineamenta se han redactado en el contexto de la Cristiandad occidental, no son apropiadas. Por la manera en que las cuestiones se proponen, parece que la celebración del sínodo es como una oportunidad que la oficina central tiene de evaluar el desempeño de las sucursales” 4 Los obispos siguieron con la crítica al lenguaje de evangelización empleado en los lineamenta, rechazándolo como inviable en un contexto cultural en el cual los cristianos estaban “en una posición minoritaria con y para los demás”. Y seguían:

Si insistimos demasiado en que ‘Jesucristo es el único Salvador’, no podemos establecer el diálogo, ni la vida común ni la solidaridad con otras religiones. La Iglesia, aprendiendo de la ‘kenosis’ de Jesucristo, debería ser humilde y abrir su corazón a otras religiones para profundizar su propia comprensión del misterio de Cristo.

Al volver a leer la respuesta de los obispos a la luz de la elección de Francisco, me ha sorprendido que muchos de los puntos clave de la agenda del Papa parecen sacados directamente de las páginas del texto de los obispos, en particular el obvio deseo de Francisco por cambiar el tono de la Nueva Evangelización de la doctrina al testimonio. El fragmento citado más arriba va bastante en la línea de la observación que hizo el Papa en la famosa entrevista, donde dijo:

Una pastoral misionera no se obsesiona por transmitir de modo desestructurado un conjunto de doctrinas para imponerlas insistentemente […] Tenemos, por tanto, que encontrar un nuevo equilibrio, porque de otra manera el edificio moral de la Iglesia corre peligro de caer como un castillo de naipes, de perder la frescura y el perfume del Evangelio.

La atención que presta el Papa al diálogo y su afirmación a un periodista italiano de que “el proselitismo es una solemne tontería […] Es necesario conocerse, escucharse y hacer crecer el conocimiento del mundo que nos rodea”, encaja exactamente con la realidad de la que hablan los obispos japoneses. Y esta observación se queda corta comparada con todo lo que ha hecho el Papa.

Miremos, por ejemplo, la creación como cardenal del arzobispo Orlando Quevedo de Cotabato en Filipinas. Mientras que en Asia Quevedo es bien conocido por ser un peso pesado intelectual 5 para muchos el nombramiento pareció algo rocambolesco. El que Quevedo haya sido elegido, presta credibilidad a la idea de que la visión eclesial de Francisco coincide con la visión procedente de Asia: una iglesia menos centralizada, más local, que responde a los problemas que afectan más a los feligreses locales, siendo el primero de ellos la pobreza. Quevedo ha escrito ampliamente sobre estos temas, desarrollando lo que la Federación de Conferencias Episcopales asiáticas llama un “triple diálogo”, por el cual la iglesia local ha de estar en contacto con (1) las culturas locales, (2) las religiones locales y (3) los pobres locales que forman la mayoría de las iglesias asiáticas.

 

Otra similitud llamativa más es la cuestión traída a colación por los obispos japoneses de que la “compasión con los que sufren” y la solidaridad con los pobres debe ser “el objetivo central de la evangelización”. Tal y como dejan claro los obispos japoneses en la carta que hemos mencionado ya; no eran ellos los únicos que tenían esta preocupación, sino que surgía una y otra vez de las reuniones de la Federación de Conferencias Episcopales de Asia. Incluso un eclesiástico asiático menos intrépido que muchos de los japoneses, el cardenal indonesio Julius Darmaatmadja, afirmó en 1999, en una reflexión postsinodal, que la Iglesia asiática estaba todavía por asumir “el rostro de Asia”.

Japanese Priest by peter.mottola at Flickr

La Iglesia en Asia

En un contexto cultural en el cual los cristianos son minoría, y en el cual la pobreza está tan extendida y es sistémica, la realidad de los pobres debe ser el punto de partida para la evangelización si el mensaje cristiano quiere tener alguna credibilidad en absoluto 6 El mensaje de los obispos de Asia estaba claro y parece que Francisco está escuchando.

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El pasado octubre, Adolfo Nicolás, el Prepósito General de los jesuitas, hizo una visita a mi comunidad en Boston: una oportunidad más para que nuestra conversación de sobremesa se mantuviera alejada de los postres de Costco. Y Nicolás dedicó un tiempo considerable explicando su propia visión sobre a lo que se está dedicando el papa Francisco.

Como Francisco, Nicolás también ha pasado la mayoría de su vida apostólica fuera de Occidente; estudió y enseñó teología en Japón antes de ser nombrado superior de la provincia japonesa y, después, de todos los jesuitas de Asia oriental y Oceanía. En su charla con mi comunidad, Nicolás nos contó una anécdota de su periodo como provincial. El P. Nicolás se hizo amigo de un obispo japonés de Tokio llamado Kazuhiro Mori. En cierta ocasión, cuando estaban ambos conversando, el obispo Mori le hizo la siguiente observación (parafraseo): ustedes los occidentales están muy obsesionados con la verdad —la verdad de esta o aquella doctrina, la ortodoxia— pero no es eso lo más apremiante para los asiáticos. En nuestras tradiciones intelectuales, nuestro centro se sitúa en el camino, por ejemplo el camino taoísta, el camino budista. Así que, por favor (le aconsejaba el obispo a Nicolás), no se olviden nunca de que Jesús dice no solo que es la verdad, sino también el camino y la vida (cf. Jn 14, 6).

La mayoría de los jesuitas americanos que estaban en el comedor aquella noche han pasado algún tiempo viviendo fuera de los Estados Unidos —las experiencias de servicio en el mundo en vías de desarrollo son un elemento integral de la formación de los jesuitas— sin embargo, mientras nuestro jefazo nos iba soltando esas palabras, observé la sorpresa en muchos de nuestros rostros americanos. Esta forma de entender a Jesús podría sonar casi herética a oídos occidentales. Pero el mensaje de nuestros compañeros cristianos en Asia, traída a nosotros por el P. Nicolás, era que esta imagen de Jesús, un Jesús que no es fundamentalmente un suministrador de verdades doctrinales sino un modelo para llevar una vida fecunda y satisfactoria, era una imagen que se puede encontrar en la Biblia.

Nicolás continuó sugiriendo que mientras esta preocupación por la “verdad” ha dominado durante mucho tiempo una Iglesia liderada por Occidente, dicho centro de atención tiene que ser moderado ya por los valores que Asia y el hemisferio Sur están poniendo en juego. En opinión de Nicolás, los cristianos asiáticos tendrían mucho que enseñarle a la Iglesia universal acerca de la necesidad del “camino”, mientras que África y Latinoamérica podrían enseñarnos algo de la “vida”. A la luz de estas consideraciones, Nicolás nos proponía que el viaje que el cristianismo universal está realizando podría plantearse así: “En camino. En verdad y vida”.

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Peter Phan es un cura y teólogo vietnamita que lleva varios años intentando despertar a los católicos occidentales a la realidad de la llegada de la universalidad a la Iglesia. En una charla suya a la que asistí en Boston en 2010, Phan reconocía que los obispos japoneses perdieron la batalla del sínodo del 98 y Roma consiguió el programa que quería. Pero, un día de estos, predijo, Roma se vería forzada a escuchar voces no europeas. Era una simple cuestión de demografía, decía. La verdad es que, para el 2050, cuatro de cada cinco católicos vivirá en el hemisferio sur y, según Phan, “un cristiano blanco [será] un oxímoron”.

Será este un cambio impresionante de ver. Sea cual sea la apariencia de la Iglesia en 2050, los días del centralismo occidental están contados. Así que de ahora en adelante, he decidido pasar mucho más tiempo prestando atención a los asuntos que preocupan a mis compañeros no occidentales, tratando de prestar atención a las palabras de Phan a su auditorio hace poco en California: “¡Despiértense! Esta es una realidad que no pueden evitar”.

No, no podemos. Me parece a mí que Phan y los obispos japoneses no estaban equivocados, solo que se habían adelantado. Y tal vez su espera por fin haya acabado; el movimiento sísmico está en marcha. Quizás el papa Francisco es tan solo el principio. De seguro que tales cambios nos causarán consternación a nosotros, cristianos occidentales, de tan acostumbrados que estamos a que nuestros problemas sean los que dirigen el discurso global en temas eclesiásticos o de cualquier otro tipo. Pero quizás eso no sea algo tan malo para nosotros ya que, como dijo alguien, “los primeros serán los últimos y los últimos, los primeros”.

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La foto de portada es del usuario de Flickr jon.t y puede encontrarse aquí.

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  1. Discusión real en una cena real el mes pasado. Casi llegamos a los golpes.
  2. En 2009, el joven y carismático alcalde de Antananarivo, llamado Andry Rajoelina encabezó una serie de manifestaciones populares que finalmente condujeron a la destitución del presidente malgache Marc Ravalomanana y al nombramiento de aquel como “Presidente de la Alta Autoridad de Transición en Madagascar”. Rajoelina había criticado abiertamente las políticas de la administración de Ravalomanana, concretamente, su decisión de arrendar la mitad del terreno cultivable de Madagascar a la multinacional coreana Daewoo y la compra de un segundo avión presidencial que costó 60 millones de dólares. El golpe de Rajoelina capitalizó la sensación popular ampliamente extendida de que el desarrollo nacional estaba beneficiando sólo a una pequeña élite.
  3. Están en inglés. No he logrado encontrar una traducción al español de los artículos de Douthat y estoy temiendo que el editor del TJP me pida traducirlos. (N. del T.)
  4. El texto completo de la respuesta de los obispos está disponible en su traducción inglesa en la web de la Conferencia Episcopal católica de Japón:  http://www.cbcj.catholic.jp/eng/edoc/linea.htm. Me pregunto si el hecho de que siga señaladamente disponible en la web es un indicador de que los obispos aún no han cambiado de opinión en las dos décadas desde su publicación.
  5. Un reciente editorial del National Catholic Reporter lo llamó “el principal arquitecto intelectual vivo responsable de las ideas pastorales que han salido de la Federación de Conferencias Episcopales de Asia en los 42 años de vida de esta institución”.
  6. Justo la semana pasada, los obispos japoneses lo hicieron de nuevo, publicando una declaración de cara al Sínodo General sobre la Familia para el próximo octubre. Los obispos son terminantes al acusar que “hay una gran brecha entre el Vaticano y la realidad” en temas de vida familiar y moral sexual. Vuelven a criticar a la Curia por su enfoque euro-céntrico que descuida la realidad de los contextos no occidentales, poniendo como ejemplo la actitud de la Iglesia hacia los matrimonios interreligiosos. En respuesta a la consulta previa publicada por la Curia como preparación al Sínodo, sostienen: “Las preguntas y los temas de este cuestionario han sido desarrollados con la mentalidad de los países cristianos en los que toda la familia es cristiana. Por ejemplo, los matrimonios de religión mixta parecen verse como un problema. Sin embargo, en Japón, la inmensa mayoría de los matrimonios son de religiones mixtas”. La declaración completa puede leerse en PDF aquí (en castellano, puede leerse una nota de prensa y resumen de la declaración aquí. N. del T.)

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