El otoño es nuestro, por el momento

Fall color.

El (coloreado) Libro de la Naturaleza

Originalmente en inglés, traducido por Manuel Carrasco García-Moreno

En esta época del año, me dan pena aquellos que sufren la maldición del clima de los eternos 25 grados. Donde yo vivo está empezando a hacer cada vez más frío. La noche es ya más larga que el día. Los árboles están aún verdes, pero sus hojas se están secando, pidiendo atención a susurros. Las hojas secas caen improvisadamente en las aceras y los porches que sangran con manchas color té. Ando por ellas pisoteando, chasqueando, pateando sus restos dispersos delante de mí mientras avanzo como un dios entre… bueno, como un dios entre las hojas.

Se acabó el verano, y se le echará de menos.

Pero el verano, como los antiguos grandes teatros, solo es tan grande como los espectáculos que en él se representan. Los festivales de música con mazorcas de maíz tostado, los picnics espontáneos, las barbacoas en el patio, el deporte bajo el abrasador sol de verano… por todo eso y más podemos dar las gracias al verano. Pero como todas las cosas buenas, incluso el verano cede a una muerte lenta; la muerte de la creación volviendo a sí misma. Según las estaciones van sucediéndose, nos vemos a nosotros mismos resistiendo y dejando ir. El frío del otoño va deslizándose (por acá y por allá) empujándonos a sacar las viejas sudaderas de la universidad: esas más descoloridas con las mangas gastadas de las que nos resistimos a deshacernos.

***

Una popular tarea de la mentalidad medieval consistía en leer el “Libro de la Naturaleza”, es decir, contemplar la belleza de la creación como un método para encontrar a Dios. Como un Tercer Testamento, los cambios del mundo natural, con sus viejos comienzos y nuevos declives, revelan el despliegue de la obra creadora de Dios. Este libro de la naturaleza, con sus capítulos estacionales, me sorprende cada vez. Más que ningún otro, el capítulo del otoño despierta la mente y el corazón hacia cosas elevadas: ¡mira qué pocas páginas quedan! El otoño nos recuerda que esta bella creación es para nosotros, pero sólo por un breve momento.

We savor the last weeks of life outdoors like they’re our last days of life on earth.  And for all we know, maybe they are.  This – writes the poet Mary Oliver –

Esto

Intento recordar cuándo la medida del tiempo 

deja rozaduras dolorosas, por ejemplo cuando el otoño

resplandece al fin, bullicioso y, como nosotros, anhelando

quedarse —— cómo todo vive, cambiando

de una brillante visión a la otra, para siempre

en estos pastos momentáneos.

El otoño nos llama a saborear las últimas páginas de la creación de Dios, que es toda para nosotros, pero por un momento.

***

Después de una mañana trabajando delante de mi ordenador hace unos días, necesitaba salir afuera. Da igual en qué estación, quedarse sentado dentro todo el día apesta. Cuando salí, el otoño me saludó con el calor del sol, atemperado de vez en cuando por la fría brisa que erizaba la piel. Los estudiantes y los profesores revoloteaban alrededor de la fuente en la explanada principal del campus, afanosos en una seriedad pensativa (vale, ya basta, de verdad) que el clima otoñal aviva en el alma. La flojera veraniega había exhalado su último aliento caluroso.

Me encanta. Nos encanta a todos: ese sentimiento nostálgico que nos dice que está bien volver a la universidad, aplastar hojas y que nos hace sentir en casa, al menos por un momento.

Quiero creer que el otoño es algo digno de saborear por sí mismo. En otoño se recogen las cosechas que manos más sabias sembraron meses atrás, cuando el verano era para siempre. En otoño hablan, gritan, los árboles reclamando atención. Marrones terrosos, rojos fuego y naranjas eléctricos engullen las familiares hojas verdes, que ya se nos habían hecho aburridas de todos modos. No, no aburridas; tan sólo presupuestas. Y la presuposición es el enemigo de la atención. En otoño los doseles moteados de hojas toman el horizonte y (por primera vez, de nuevo), disipan esa impresión nuestra de que a la naturaleza no le queda nada con que intentar atraparnos.

Este es pues el gran regalo que el otoño nos hace: una despedida y algo que contemplar.

Este Tercer Testamento, como los mejores libros, nos invita a saborear una página tras otra, en un constante pasar hasta que alcancemos el final de la historia. Y es nuestro, al menos por un momento.

Una agradable lectura.

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La imagen de portada, del usuario de Flickr JG D70s, puede encontrarse  aquí.

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