Una Peregrinación por el Sur: Lo que los Mártires me Enseñaron

Un mural en honor a los mártires del Movimiento por los Derechos Civiles. De izquierda a derecha: Jonathan Daniels, Viola Liuzzo, Martin Luther King Jr., James Reeb y Jimmie Lee Jackson. National Voting Rights Museum. Selma, AL. Foto por Joshua Peters, SJ.

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Todavía recuerdo el día en que recibí mi primera Biblia. Una noche, mi madre, una puertorriqueña Negra, reunió a mi hermano mayor y a mí en uno de los cuartos de nuestra casa en Cañaboncito. “Tengo que enseñarles algo,” dijo ella, con un tono serio y dulce en su voz. Teniendo nuestra atención, continuó, “Éste es el libro más importante en la vida,” y nos dio a cada uno un volumen de “La Biblia Latinoamericana.” Mientras ella pasaba las páginas, pausó un momento para explicarnos una de las fotos que esta Biblia Católica tenía. La foto mostraba un hombre Negro en traje que tenía una mirada esperanzadora y profunda. “Éste es Martin Luther King,” dijo ella. “Aunque él fue Bautista, lo que él hizo fue tan importante que su foto está en una Biblia Católica, como ejemplo de cómo los Cristianos tenemos que ser.” Ella nos explicó lo que él logró junto a su comunidad en el boycott a los buses de Montgomery, y nos exhortó a mi hermano y a mí a siempre respetar la Palabra de Dios. Creo que yo tenía siete años cuando esto pasó.

Un tiempo después, vi un documental con mi padre, que tiene la piel clara, acerca de las luchas y logros de la comunidad Negra Estadounidense en el Movimiento por los Derechos Civiles. Vi como la segregación fue derrotada a través del activismo social en Montgomery. Y no sólo con palabras. Vi como la liberación fue el triunfo de una comunidad oprimida organizada que luchó por sus derechos. No fue una obra de caridad por opresores egoístas. Todo esto causó una impresión en mí. Una década después, en el 2008, mientras discernía mi vocación a la vez que estudiaba en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, fueron las palabras de King en su último discurso la noche antes de ser asesinado, las que me dieron paz al sentir que Dios me estaba llamando a ser sacerdote:

Tenemos días difíciles delante de nosotros. Pero eso ya no me importa…Como cualquier persona me gustaría vivir una vida larga…Pero eso ya no me preocupa. Sólo quiero hacer la voluntad de Dios. Y Él me ha permitido subir al monte. Y he mirado. Y he visto la tierra prometida. Quizá no llegue allá junto a ustedes. Pero esta noche quiero que sepan, que nosotros, como pueblo, llegaremos a la tierra prometida. Y estoy feliz esta noche. Nada me preocupa. No le temo a ningún hombre. Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor.1

Nunca hubiera pensado hace doce años atrás, mientras tomaba aquellos primeros pasos en mi discernimiento vocacional, que yo tendría la oportunidad de participar en una “Peregrinación de los Derechos Civiles.” Pero del primero al siete de enero de este año, eso es exactamente lo que hice. Esto me dio un chance para seguir los pasos de este hombre, cuyo ejemplo ha sido tan importante en mi seguimiento de Jesús. Junto a mis hermanos de la Liga Jesuita Antirracista (Jesuit Antiracism Sodality – JARS), recorrimos en espíritu de oración nuestra ruta por lugares históricos en Nueva Orleans, Mobile, Selma, Montgomery, Birmingham y Atlanta, donde King y muchos otros mártires del Movimiento por los Derechos Civiles dieron su sangre por la incesante causa de la justicia racial. Caminar las calles de Selma y Montgomery, tal como King y los otros mártires hicieron, ha sido una de las experiencias más místicas que he tenido.

Los peregrinos frente al puente Edmund Pettus, famoso por las marchas de 1965. De izquierda a derecha: Mike Price, nSJ, Emanuel Arenas, nSJ, Joshua Peters, SJ, Patrick Hyland, SJ, Ángel Flores Fontánez, SJ, y el padre Joseph Brown, SJ.

 

Mientras cruzábamos el histórico puente Edmund Pettus, caminábamos por su acera, sentíamos su sólida estructura, y escuchábamos el río bajo nuestros pies, yo meditaba en silencio “¡Ellos y ellas estuvieron aquí!” Casi que podía escuchar el sonido distante de cientos de manifestantes no-violentos que se unieron a las marchas de 1965 en favor del derecho al voto de la comunidad Afroamericana, que iban desde Selma a Montgomery. “Ellas y ellos vieron esta calle, tocaron este metal, olieron este aire.” Yo podía sentir su energía, su fe, y su ansiedad al ver (y ser asediados por) la policía. En Selma, aprendí tres lecciones a través del testimonio de los mártires del Movimiento por los Derechos Civiles.

El padre Joseph Brown, SJ, escritor, poeta, activista antirracista, y uno de los primeros Jesuitas Afroamericanos, nos habla sobre algunos de los mártires cuyos nombres fueron grabados en piedra en este monumento. La cita bíblica visible en la roca central es de Josué 4:21-22: “Cuando los hijos de ustedes, el día de mañana, pregunten a sus padres qué significan estas piedras, ustedes les darán la siguiente explicación…” Selma, AL. Foto por Joshua Peters, SJ.

 

La primera lección que aprendí fue de Jimmie Lee Jackson, un veterano y diácono Bautista. Un policía estatal de Alabama le disparó en febrero de 1965. Su muerte sirvió como inspiración para las marchas. De él aprendí que ningún sacrificio que se haga por la justicia, terminará sin recompensa, y que el trabajo de construir el Reino que Dios nos llama a construir en la Tierra sólo puede realizarse con la colaboración de todos los Cristianos y Cristianas. Nosotros, Católicos y Católicas, no tenemos monopolio ni de la verdad ni de la justicia. El testimonio fiel de tantos ministros Evangélicos durante la lucha por los derechos civiles da testimonio de este hecho.

Viola Liuzzo me dio la segunda lección. Viola fue una mujer Blanca y una madre de cinco hijos. La mató un miembro del Ku Klux Klan por colaborar con la coordinación de las marchas, transportando a manifestantes de vuelta a Selma, una vez terminadas las protestas. De ella aprendí, que no tengo que ser miembro de un grupo oprimido para ejercer solidaridad con dicho grupo. El amor se demuestra más con obras que con palabras. Su testimonio de amor me enseñó que cualquier reclamo de que las personas Blancas racistas de aquella era fueron simplemente “hijas e hijos de su tiempo,” es una excusa para evadir responsabilidad personal.

Viola escogió no acomodarse con los prejuicios y leyes racistas de su comunidad Blanca. Escuchó las voces disidentes de su tiempo y no se conformó con lo que la feminista Mary Hawkesworth llama “ceguera ante la evidencia” (“evidence blindness”): negarse a investigar y conocer lo que es verdadero pero inconveniente, lo que nos hace sentir moralmente inadecuados, porque revela que es posible que pertenezcamos a un grupo que se beneficia de la explotación de otro grupo.2 Podemos hacer lo mismo que ella hizo ahora mismo. Podemos escoger no vivir en paz con los privilegios que raza, género, u orientación sexual proveen para algunos y algunas de nosotros, y oprimen a tantos otros.

La tercera lección es de Jonathan Daniels, un seminarista episcopa. Fue asesinado a tiro de escopeta por un diputado especial de condado, mientras usaba su cuerpo como escudo para proteger a la activista Afroamericana Ruby Shields. Él me enseñó que no puedo esperar a ser sacerdote para hacer lo correcto. Nada me asegura que yo tengo más que el “hoy” para imitar a Cristo. Por lo tanto, tengo que luchar por la justicia como si no tuviera mañana.

Una roca con los nombres de nueve de los mártires del Movimiento por los Derechos Civiles. Selma, AL. Foto por Ángel Flores Fontánez, SJ.

 

Después de nuestro tiempo en Selma, nos movimos a Montgomery donde visitamos el “National Memorial for Peace and Justice” de la “Equal Justice Initiative,” el lugar donde aprendí mi cuarta lección. Como estudiante de historia, la frase “Nosotros Recordamos,” estampada en las paredes de este monumento en honor a las hombres y mujeres Negros que fueron linchados, sonó para mí como la voz de Dios mismo, llamándome a recordarle al mundo la historia que hoy nos hace quiénes somos y cómo somos. Las víctimas del “demonio” del linchamiento me enseñan que las inequidades raciales que nos separan hoy económicamente en vivienda, seguro de salud, educación y oportunidad, no fueron creadas por Dios. No son naturales. Son, como cualquier ídolo, “la obra de nuestras manos” (Isaías 2:8), tal como el racismo anti-Negros que asesinó a los linchados. 

Dejar que estas injusticias continúen es cometer idolatría, es escoger “nuestra manera” en lugar de la manera de Dios: “Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno” (Hechos de los Apóstoles 2:44-45). Los cientos de féretros en este monumento levantan su voz al Cielo como lamento contra el pecado del racismo anti-Negro, en el cual algunos de nosotros, continuamos cayendo tan a menudo por idolatrar el estatus quo.

El novicio Jesuita Mike Price camina entre los féretros simbólicos de linchamiento en el National Memorial for Peace and Justice. Montgomery, AL. Foto por Ángel Flores Fontánez, SJ.

 

Nuestra peregrinación concluyó en Atlanta, el pueblo natal de King. Mientras paseábamos por la casa de su infancia, contemplé cómo él vivió en condiciones relativamente mejores a las del Afroamericano promedio. Su casa era grande, los muebles de buena calidad, y el vecindario era estable. Pero él no se acomodó. Martin y su esposa, Coretta Scott King, pudieron haber tenido una vida de clase media más tranquila si hubieran querido. Pero no lo hicieron. Llevaron a su corazón las palabras de Frederick Douglass: “Sin lucha no hay progreso” (“If there is no struggle, there is no progress”). De ellos aprendí a ser fiel a la Cruz y a no escoger lo que es fácil, sino lo que es correcto. 

Sabemos que el racismo anti-Negro no sólo continúa regado hoy en día, sino que está empeorando. El Instituto Jesuita de Investigación Social (Jesuit Social Research Institute – JSRI) en Nueva Orleans reporta que en estados como Alabama, Florida, Luisiana, Mississippi y Texas, el porcentaje de estudiantes Negros atendiendo “escuelas intensamente segregadas” (escuelas donde la población no-Blanca representa entre el 90 y 100 porciento del estudiantado) ha pasado de 32.1% en 1988 a más del 40% en 2016.3 Los hombres Negros ganan 22.0% menos que la ganancia relativa “del promedio de salarios por hora que hombres Blancos con la misma educación, experiencia, estatus metro, y región o residencia.” 

La disparidad entre mujeres Blancas y Negras es aun más evidente, con las mujeres Negras ganando 34.2% menos que sus compañeras Blancas con trasfondos similares.4 Asombrosamente, algunos estudios indican que “un hombre Blanco que haya sido condenado criminalmente en el pasado tiene más éxito consiguiendo trabajo, que un hombre Negro sin expediente criminal y con otras variables importantes, como educación y experiencia, estando al mismo nivel.”5 

Entre las soluciones propuestas están la implementación de leyes que hagan de la integración intencional de las escuelas una prioridad, la aplicación de leyes laborales existentes sobre discriminación, investigaciones por los estados y por los medios de comunicación para denunciar violaciones en salarios y horarios, y crear acceso igualitario a la educación pública de niños y niñas pertenecientes a grupos minoritarios. Pero ninguna de estas medidas se realizarán por arte de magia. Éstas, y todas las demás soluciones, sólo se realizarán si nosotros nos aseguramos de que se realicen. De los mártires aprendí que Dios ha escogido actuar en el mundo a través de nosotros. Por lo tanto, sin nuestra diligente cooperación con su gracia, la sociedad no va a mejorar. 

Incluso mientras se propaga el coronavirus por los Estados Unidos, estudios ya muestran que los Afroamericanos están entre los peores afectados por la enfermedad. Esto no puede ser separado de la exclusión de medios de salud adecuados a la cual los Afroamericanos han sido sometidos durante siglos, no sólo en el Sur, sino también en todo el país. En la ciudad de Milwaukee, donde sólo el 39% de la población es Negra pero casi la mitad de los casos confirmados de COVID-19 son entre la comunidad Negra, la comisionada de salud Jeannette Kowalik lo puso de esta manera: “Declaramos al racismo como un asunto de salud pública…” 

Tenemos que tomar las lecciones de los mártires en serio. Tenemos que pedirle al Espíritu Santo que nos conceda la misma urgencia moral que ellos y ellas recibieron. Especialmente, tenemos que poner en nuestro corazón las palabras del Maestro: “Tengo Sed” (Juan 19:28). ¿A través de quién nos grita Jesús estas palabras hoy? No desperdiciemos esta cuarentena. Amemos hasta el extremo y no tengamos miedo (Juan 13:1). Rememos mar adentro en oración, estudio y acción.

Que por la gracia de Dios, como King y los demás mártires, veamos “la gloria de la venida del Señor” y no volvamos atrás. Como dice aquella vieja canción: “Venceremos.

En la tumba de dos de mis modelos a seguir: Coretta Scott King y Martin Luther King Jr. Atlanta, GA. Foto por Emanuel Arenas, nSJ.

  1. Traducido al español por Ángel Flores Fontánez, SJ. Original en inglés: “I See the Promised Land,” A Testament of Hope: The Essential Writings and Speeches of Martin Luther King Jr. Edited by James M. Washington, (New York: Harper One, 1991), 286.
  2. Mary Hawkesworth, Feminist Inquiry: From Political Conviction to Methodological Innovation, (New Brunswick: Rogers University Press, 2006), 118
  3. Traducido al español. Original: “JustSouth Index 2018.” Jesuit Social Research Institute. Loyola University, New Orleans. September 2019. p. 23.
  4. Traducido al españoI. Original: Ibid., p. 24.
  5. Traducido al español. Original: Ibid., p. 27.

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