Tan solo un desconocido en el autobús: sobre anonimato y engaño

Originalmente en inglés, traducido por Manuel Carrasco García-Moreno

Verdades y mentiras

Verdades y mentiras

Hace poco, en un viaje en autobús de Chicago a Omaha, me encontré con que estaba sentado junto a una mujer de unos 50 años, animada y guapa, con mucho estilo y un espíritu generoso. Por lo general, no puedo estar callado en los autobuses, así que empecé a conversar con ella. Ella compartió sus historias conmigo con honestidad y cuando llegó mi momento de corresponder de la misma manera, mentí. Fui yo quien se acercó a ella. Fui yo quien empezó a hablar. Y fui yo quien le mintió.

Debería haber algo de anonimato en el transporte público. No podemos ser totalmente tranparentes con todo el mundo. Especialmente, en esta temporada de viajes miserables por el deprimente “vórtice polar” —en el que una sinceridad absoluta podría dar lugar a ciertas tensiones y en el que los desafíos para llegar de un punto a otro proliferan— es natural que uno desee cierto grado de privacidad, ¿verdad? Quiero decir, todo el mundo miente a los desconocidos, ¿no? Quizás. Pero una cosa es el anonimato y otra el engaño. Yo le he mentido a una amable señora en el autobús.

Ella mencionó que tenía la norma de no hablar con nadie en sus viajes. Pero después de que le ayudara a romper esa norma y de que se diera cuenta de que yo era un buen oyente, comenzó a sincerarse poco a poco. Me habló de sus hijos y de cómo estaba volviendo a casa tras acompañar a su hijo en una operación que le ayudaría a luchar contra su cáncer. Trajo a colación su batalla contra el alcohol y cómo le faltaban tan solo unos pocos días para cumplir los 17 años de sobriedad. Mencionó algunas experiencias amorosas fallidas y cómo por fin sentía que había llegado el momento de buscar compañía de nuevo.

Yo escuchaba, y terminé compartiendo parte de mi propia historia con ella. Cuando me preguntó, le dije que estudiaba filosofía en la Loyola University. Ella había mencionado que era judía; yo le dije que era católico. Hasta ahí, todo verdad. Y entonces fue cuando se dio cuenta de mi anillo. Llevo una alianza de plata en la mano izquierda para recordar mis votos de pobreza, castidad y obediencia. Los amigos nuevos lo confunden a menudo con un anillo de bodas. Cuando la señora me preguntó por mi pareja le dije: “Ah, es genial. Es enfermera”.

Eso no es verdad. Es mentira en tantísimos sentidos. No tengo pareja. No estoy casado. Mi “no-pareja” no existe y, por tanto, no es ni genial ni enfermera, de hecho. Le había mentido a mi nueva amiga. Ella había compartido en la conversación con sinceridad y yo le había mentido.

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A veces, mi llamado como miembro de la Compañía de Jesús es agotador: a menudo resulta complicado, a contracorriente del ambiente general de un mundo que hace los mismos esfuerzos por entenderlo que yo. Para empezar, mi castidad es a la vez uno de los aspectos más personales y más públicos de mi vida. No quiero estar hablando de eso con todo el mundo. El otro día, en el vestuario del gimnasio, estaba a punto de darme una ducha después de hacer ejercicio cuando un tipo al que acababa de conocer me preguntó: “Bueno, ¿cómo decidiste hacerte jesuita?” No creo que eso sea algo que se pueda explicar adecuadamente mientras se lleva solo una toalla puesta.

A veces es complicado hablar de eso hasta estando totalmente vestido. Hay ocasiones en las que, usando camisa clerical, puedo sentir el dolor y la ira en las miradas de la gente en el metro, por la calle, en un acontecimiento deportivo. En estos días en los que los abusos por parte de sacerdotes siguen saliendo en las portadas, puede resultar difícil andar por ahí con confianza y entrega. Hay muchas razones por las que podría mentirle a alguien sobre quién soy, qué hago y cuáles son mis deseos.

Pasadas algunas semanas, pienso que parte de lo que pasó en aquél autobús podría ser que, a pesar de que soy jesuita y quiero seguir siéndolo, una parte de mí aún quiere casarse con una enfermera, alguien que hable una lengua extranjera, quiera pasar tiempo en África, le encante el teatro y sea el alma de todas las fiestas. Podría llevarme toda una vida desvelar la verdad de por qué mentí en aquél autobús y averiguar lo que realmente significa para mí esa pareja que me inventé en ese justo momento. Pero no hay más remedio que afrontarlo. No fui sincero sobre quién soy y quién, en lo más profundo, deseo realmente ser: un jesuita, pobre, casto y obediente.

Esta mujer fue sincera acerca de una vida que muchos podrían poner en tela de juicio. Ella ha vivido sus batallas abiertamente y en cualquier comunidad en la que se haya encontrado. Con valentía había compartido su historia con un casi total desconocido y respondió honestamente a mi invitación, sirviéndome de inspiración con su historia y sus llamados vitales. Cada uno de los desafíos a los que me enfrento cuando proclamo mi vocación como jesuita de palabra y obra se le presentó también a ella. Ella fue mejor persona en ese momento y, finalmente, su sinceridad me convenció de que yo no podía seguir mintiendo. Me mordí el labio y, a 70 km de Omaha, le conté la verdad.

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En mi primer año como jesuita estaba con otro novicio en la fiesta de cumpleaños de un amigo y se corrió la voz de que éramos jesuitas. Empezaron a diluviarnos las preguntas y, después de un rato, me volví a mi hermano novicio y le pregunté: “¿Cómo haces para contar la misma historia una y otra vez?” Me respondió con sencillez y franqueza: “El pueblo de Dios, al que pertenezco, tiene necesidad de nuestra historia una y otra vez. Y nosotros necesitamos sus historias con la misma intensidad. Por eso compartimos lo que somos una y otra vez, con amor”. Mientras mi falta de sinceridad se me iba haciendo más y más pesada en aquel autobús, me vinieron a la memoria estas palabras e interrumpí a mi compañera de viaje para hacer mi confesión. En su rostro se dibujó una sonrisa cómplice y me dijo: “Ya sabía yo que algo había contigo. Me alegro de saber quién eres realmente. Cuéntame más”.

La verdad salió a la luz en aquel autobús y aun pudiendo haberme rechazado, me perdonó. Terminamos nuestro viaje mientras seguíamos hablando, seguíamos sincerándonos. Cuando por fin llegamos a nuestro destino, nos dimos un gran abrazo en la acerca y nos fuimos cada uno por nuestro lado, sintiéndonos ambos mejor, creo. Mi mejor amigo y su cuñado, que vinieron a recogerme , cuando vieron el abrazo me preguntaron qué había pasado. Les dije: “En cada viaje de autobús me encuentro siempre con una persona excepcional como mínimo”. Y eso, amigos míos, es la verdad.

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La foto de portada, del usuario de Flickr Chris JL, puede encontrarse aquí.

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