La estrella de oriente… y serpientes de cascabel también

El cielo nocturno

El cielo nocturno

Originalmente en inglés, traducido por Manuel Carrasco García-Moreno.

Viajar cruzando las montañas de Nuevo México por la noche cuando tienes sueño atrasado es como montar en una extravagante montaña rusa de proporciones planetarias. El lento traqueteo del autobús no da tanto un subidón de adrenalina como una profunda sensación de terror, tras horas y horas dando bandazos al borde de  escarpados barrancos y curvas extremas. Tal y como lo recuerdo, la ausencia de luz significaba que el cielo ennegrecido no se distinguía de las montañas, excepto en los raros momentos en que la luna plateada se escabullía de cumbre en cumbre. Me hacía pensar en historias infantiles en las que una luna sonriente seguía hasta casa a unos chicos afortunados con los que iba jugando por el camino: primero apareciendo al norte, luego al este y, finalmente, al oeste. Por mi parte, no podía decir en qué dirección iba. Solo sabía a dónde esperaba llegar. Por carretera, cerca de una hora hacia el norte de Santa Fe. Cuando llegara allí, tendría que buscar cómo hacer trece millas más a través de carreteras tortuosas y estrechas hasta un monasterio perdido en lo profundo del desierto de Nuevo México

Lo que me condujo hasta esta parte del país era mi deseo de encontrar la fuente de algunas de mis historias más sagradas. Iba al desierto a visitar el lugar en el que mi madre había pasado la mayor parte de su itinerante vida de joven. Mientras crecía oía yo sus historias sobre el tiempo que pasó deambulando por el desierto en torno a la Sierra de Sandía. Había historias de sus hermanos jugando al tiro al blanco con arco y flechas contra serpientes de cascabel; historias de niños usando las antiguas palas del ejército de su padre para excavar fortificaciones secretas en la arena usando viejos árboles de Navidad como cubierta, e historias sobre cómo esperaban a que se hiciera de noche solo para ver cómo las estrellas estaban tan cerca y tan claras que, de ser tu brazo un pelín más largo, podías arrancarlas del cielo. Estas fueron las historias de una mujer enamorada con un lugar que había dejado marcada su alma. Ella me había transmitido estas historias a mí y, como todas las historias, se habían  combinado y mezclado libremente con mis propias imágenes e ideas.

A roadtrip into the mountains

Un viaje hacia las montañas

Quizás esas historias a las que me había aferrado estaban en mi mente adulta antes que cualquier otra cosa cuando empecé a estudiar teología unos pocos años antes. Ahí estaba Juan el Bautista, ese lunático come-saltamontes, desaliñado, gritando en el desierto: “Arrepiéntanse, el Reino de los Cielos se acerca”. De algún modo, a causa de unos pocos años raros en mi adolescencia tardía, estas ideas venían fusionadas con imágenes de búsqueda de una visión. Esos héroes pseudo-mesiánicos de la cultura popular y la ficción, en búsqueda de un sueño-visión, habían estado vagando por mi imaginación durante años. Estos pensamientos se juntaron más tarde con las historias de los ascetas del desierto, hombres y mujeres que salieron al páramo a plantar batalla a los demonios, enfrentándose a lo peor de sí mismos. Pero manteniendo todo esto unido estaban los dieciocho primeros versículos del Evangelio de Juan: “Hubo un hombre… vino solo como testigo de la luz. La luz verdadera que da luz a todo lo que viene a este mundo”.

Era esta idea, la de que Dios de alguna manera había habitado entre nosotros, la que mantenía todas estas otras ideas unidas. Cuando consideraba la aridez del mundo, los tortuosos y a veces caóticos caminos que me habían traído a este momento de mi vida, necesitaba algo que pudiera mantenerlo todo en pie. Me fui al desierto para ver algo que me diera confianza en el pasado, fe en el presente y una visión de esperanza para el futuro. Estaba buscando algo, como un niño que arranca un mapa del tesoro de algún libro de historias que le gusta e intenta recrear una aventura. Buscaba algo de lo que había oído hablar a la gente tantas veces que pensaba que podía hacerlo existir por pura fuerza de voluntad. Salí al desierto a ver las estrellas y a las serpientes de cascabel. Salí a buscar una visión como los locos y los santos. Salí en búsqueda de algo sagrado, a dejar que las palabras de una historia se hicieran carne en mí.

* * *

A las dos semanas de viaje me encontré en el monasterio en medio de la nada. Planeaba quedarme allí una semana, pero no tenía ninguna prisa. Me pasaba las mañanas haciendo mandados para “pagarme” la estancia en una de las celdas de invitados de los monjes y por las tardes leía. Al atardecer me iba a dar paseos bajo los árboles, junto al río, “al fresco de la tarde”. Sucedió que una noche, mientras volvía a casa, hacia mi celda, me crucé con mi primera serpiente de cascabel.

Rattlesnake

¡Serpiente de cascabel!

El sol justo empezaba a hundirse tras una de las crestas montañosas de alrededor, cubriéndolo todo con una luz rosada. Según iba deambulando por el estrecho sendero de pizarra que iba a la zona de invitados, vi un animalillo del tamaño de mi dedo corazón reptando lentamente a lo largo de la linde, junto al muro. “¿Una serpiente?” Agachándome, la vi moverse unas pocas pulgadas y después, darse de cabeza contra el muro. “Una serpiente borracha”. Asimilando la curiosa escena, observé el diseño vagamente familiar de sus escamas, marrón y beige, hasta llegar a una doble capa de piel en su cola no mucho mayor que mi meñique. Una cascabel… ¡una CRÍA de cascabel! El corazón se me paró por un segundo y di un cauteloso paso atrás. Observé más de cerca mientras continuaba su extraño ejercicio de reptar y darse de cabeza contra el muro. Finalmente, encontró lo que andaba buscando cuando metió la cabecita por un pequeño agujero bajo la puerta de la celda de una compañera de viaje y se escurrió adentro.

Visto y no visto, me quedé un rato pasmado, procesando lo que acababa de suceder. Había vísto cómo una serpiente de cascabel entraba en la habitación de una persona. Sabía de quién era la habitación y sabía que no estaba dentro. Después de considerar cuáles eran mis opciones, decidí ir a avisar a los encargados de mantenimiento lo que había pasado. Estos eran un hombre y una mujer, ambos con piel correosa y cuerpos fuertes y esbeltos. A pesar de que tenían un color de pelo y de ojos diferente, parecía como si los hubieran sacado del mismo pedazo de tierra desértica. Me hice camino hasta el rincón del jardín donde se sentaban a hablar. Cuando me vio, la mujer se quitó un mechón de pelo rubio de delante de sus ojos azul turquesa al parar de reír, pero siguió sonriendo. El hombre se dio la vuelta, girando suavemente la cabeza sobre sus fuertes hombros.

“Hey”, dijo él, rompiendo el silencio.

“Hey”. Se hizo un silencio mientras esperaban a que yo dijera algo más. “Creo… eh, creo que acabo de ver una serpiente de cascabel escabulléndose dentro de la habitación de alguien”.

“¿Una cascabel?” dijo alzando las cejas oscuras como un educado signo de interrogación.

Otro silencio.

Asentí. “Sí, quiero decir, eso creo”. Me di cuenta de repente de que mi apariencia urbana estaba traicionando mi ya de por sí escaso conocimiento de la fauna local. “Quiero decir… era muy pequeña, como tres pulgadas…, pero tenía esas marquitas en la cola”.

El hombre y la mujer se miraron. Parecía que todavía se estaban riendo, pero ahora el chiste era una nada sutil mofa de mi cuestionable poder de observación.

“Bien… por qué no me enseñas dónde ha sido”, dijo el hombre

Mientras íbamos, empecé a sentirme un poco ridículo. También sabía que, aunque había visto lo que había visto, no había manera de probárselo a ellos. Llegamos a la puerta de la habitación por la que había visto entrar a la serpiente. Expliqué que la mujer que estaba usando esa habitación estaba cenando arriba, así que no estaba enterada de que la serpiente estaba allí. El hombre abrió lentamente la puerta de la habitación, 12 metros cuadrados de piedra con pocos muebles. Entró, echó un vistazo rápido bajo la cama y se dio la vuelta con una sonrisa. La suposición cada vez más evidente de que no iba a encontrar nada le bastó para dirigirse hacia la puerta diciendo: “Bueno, parece que no…”

Casi demasiado deprisa como para darnos cuenta siquiera de lo que estaba pasando, se calló y entornó los ojos mientras levantó la bota para empezar a pisotear el suelo. La mujer y yo seguimos su mirada hacia el suelo justo para ver cómo el tacón de su bota de vaquero bajaba por tercera vez, justo encima de mi cría de serpiente. Le aplastó la panza cuando levantaba su cabeza para morderle en la parte de atrás de su bota.

La expresión de mi mirada debió ser de puro horror. Nunca había visto a nadie reaccionar tan rápida y ferozmente para destruir algo tan pequeño. Mirándome, la mujer habló por primera vez: “Era una cría de cascabel. Tiene la misma cantidad de veneno que una adulta, pero está más concentrado. Si hubiera mordido a la mujer, no habría salido de aquí viva”. Pensé en mi viaje de ida, los cuarenta y cinco minutos de carretera, los más de sesenta minutos adicionales por la autovía. El hospital más cercano suponía seguro dos horas de coche. “Tenía que matarla ahora… no hay otra manera de lidiar con estas que sea segura”.

* * *

Aquella noche, me acosté boca arriba, envuelto en una manta de lana basta bajo la Vía Láctea extendida en el cielo. Mirando hacia arriba, vi la luna sacando las orejas tras las crestas. Era como si me estuviera sonriendo, juguetona, llenando una vez más el mundo con historias. Vi pasar cada una de las partes de mi día, cómo cada paso me había llevado de alguna manera a un momento de observación y conciencia. Pensé en la mujer que estaba residiendo en esa habitación y cómo andaba por ahí con sus sandalias y su ligero vestido de algodón cuando la vi durante la cena. Pensé en su marido, en la habitación de al lado, dándole las buenas noches tras haber compartido el día juntos. Ella con sus pies desnudos habría entrado sola en esa habitación. ¿Y luego qué? ¿Había sido una coincidencia que yo hubiera estado allí para ver cómo la serpiente se colaba en su habitación?

De repente, me di cuenta de que el día había estado lleno de momentos que habían sido fortuitos, emocionantes y extraños. Vi cómo mi percepción de los eventos del día cambiaba según los episodios llevaban a otros episodios y un pensamiento suelto llevaba al otro. Y ahora, ahí estaba yo. Y pensé, ¿qué es lo que ve Dios? Cuando mira hacia abajo y ve la Historia de la Humanidad – un pequeño parpadeo en la Historia del Universo – ¿ve Dios cómo un momento lleva al otro? ¿Ve Dios los efectos de un evento del pasado de generación en generación, a través de los cuerpos de extraños? ¿Ve Dios – Padre, Madre, Creador, lo que sea – ve Dios el continuum de gracia y pecado, delineado y retorcido por personas que ni siquiera se conocen unas a otras, pasando de una era a otra hacia un algún fin imprevisto?

Pensé en las historias del Jardín del Edén y los eventos que condujeron al Pecado Original. Pensé en las genealogías que aparecen en los evangelios de Mateo y Lucas, la cadena de vidas que conectan una persona con otra, que conectan a una persona con la Historia. Pensé en las historias que llenan las Escrituras, cuentos de victorias y fracasos, de desamor y esperanza. Pensé otra vez en Dios mirando hacia abajo y eligiendo a una mujer que daría a luz a un niño. Un momento en el tiempo en el que un niño que nace sería el correctivo de todo lo que había venido antes y la esperanza para todo lo que viniera después. Los cristianos durante siglos han hecho suyas estas historias. Durante milenios hemos dejado que estas historias nos llenen la mente y la imaginación con la esperanza de algo más.

Moonrise over the Sandia Mountains

Sale la Luna sobre la Sierra de Sandía

Pensé de nuevo en las historias de juventud de mi madre y de lo que me había llevado al desierto en un primer momento. Pensé en ella mirando al mismo cielo al que estaba mirando yo en ese momento, con unos cuarenta años de distancia entre ambas miradas. Pensé en la manera en que se ríe, en las cosas que le gustan, en la manera en que se sujeta las manos cuando no se da cuenta de que alguien la mira. Pensé en mi abuelo, su padre, Ted. Pensé en su conducta arisca y en sus ásperas manos grandes como de oso. Pensé en cómo mi madre usaba su pala para excavar un lugar secreto en el suelo del desierto. Pensé en él alzándome con cuidado para sentarme en la carretilla que estaba usando para acarrear cosas en su jardín. Y entonces pensé en esas manos, esas mismas manos, en cómo habían sujetado a mi madre… cómo, de alguna manera, eran también las de mi madre. Sentí mis propias manos sobre mi estómago, mis índices y pulgares apenas tocándose, golpeteándose unos con otros, llevando en el ritmo un mensaje secreto, como recibido en código Morse desde una generación anterior… y Ted engendró a Jeanne, y Jeanne engendró a Paul, y Paul…
Ahora, con perspectiva, contemplé la luna contemplándome a mí y sonreí.

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