Los cinco mejores consejos que me han dado como jesuita

Consejos a un joven artista de Honoré Daumier

Originalmente en Inglés, traducido por Manuel Carrsaco García-Moreno

Al contrario que la mayoría de los que escriben para el Jesuit Post, yo no soy exactamente un “jesuita joven”. Tengo 51 años. (Por otra parte, en estos tiempos, cualquiera que tenga menos de 90 años podría ser considerado “joven” en una orden religiosa). Pero incluso aunque pueda no saber mucho sobre los últimos éxitos musicales (léase: nada), tengo algo de ventaja en lo que se refiere a experiencia.

He sido jesuita durante 23 años. Les voy a ahorrar la descripción completa de mi formación como jesuita. (La versión corta: de Boston a Jamaica, a Chicago, a Nairobi, a Nueva York, a Boston, a Nueva York, a California, a Nueva York). Aún mejor, me gustaría ir a lo esencial presentando las cosas más útiles que les he oído a mis mayores: mis formadores, mis directores espirituales, mis superiores y mis compañeros y amigos.

Todos estos consejos, llenos de sabiduría, me dejaron de una pieza y sin palabras; todos modificaron el modo en el que veía la vida, a Dios y a mis hermanos los seres humanos. Y todos, espero, serán útiles para ti, seas jesuita o no.

 1.) “Permítete ser humano”. En 1989, cuando era un novicio recién estrenado de 28 años en Boston, me dijeron que me iban a enviar a trabajar durante cuatro meses en los barrios de Kingston, en Jamaica. Aunque el trabajo con los pobres formaba parte de nuestra vida, yo estaba aterrado. Nunca había estado en el mundo en vías de desarrollo, así que estaba paralizado por el miedo. ¿Y si me robaban? ¿Y si me ponía enfermo? (No fue de mucha ayuda que uno de los novicios de segundo año no dejara de decirme lo peligroso que era: por cierto, estaba exagerando).

La noche antes de salir para Kingston estaba sentado en la sala de estar mirando fijamente el Boston Globe (estaba demasiado nervioso como para leer). Un jesuita mayor entró para decir hola. Joe McCormick, un director espiritual experimentado, era una de las personas más libres que he conocido: cálido, abierto, alegre. “¿Listo para Jamaica?” me dijo. Y entonces brotaron todas mis preocupaciones. Pacientemente, Joe las fue escuchando una a una.

“¿Cuál es tu mayor temor?” me preguntó. Le dije que me preocupaba ponerme enfermo y tener que volver a casa. Eso sería bochornoso, pensaba sombríamente.

Joe asintió y dijo: “Jim, ¿puedes permitirte ponerte enfermo? Después de todo, eres un ser humano con un cuerpo y a veces los cuerpos enferman. Lo peor que podría pasar —volver a casa— no sería el fin del mundo. Así que, ¿por qué no simplemente permitirte ser humano?”

Los nubarrones se despejaron. Sí, ¿por qué no simplemente relajarme y ser humano? Ponerme enfermo no sería el fin del mundo. Fui a Jamaica… y no me puse malo ni una vez. Pero sí me volví más humano.

2.) “No tienes que ser otra persona para ser santo”. En el noviciado, me pasé más tiempo del debido intentando ser como otras personas. Sabía que yo no era santo y veía que otros novicios parecían bastante más santos, así que, pensé que tenía que ser más como ellos. Uno era tímido y de voz suave, y era bastante santo, así que decidí ser manso y apacible. “¿Qué es lo que te pasa?” me preguntaba otro novicio después de verme por ahí todo deprimido. Otro novicio se levantaba súper temprano y se ponía a rezar antes de nuestra oración de la mañana a las 7. Parecía santo también, así que empecé a levantarme súper temprano. “Vaya, pareces cansado”, me dijo uno. “¿No estás durmiendo o qué?”

Al final le dije a mi director espiritual, David Donovan: “No estoy seguro de cómo ser santo. ¿A quién del noviciado debería imitar? ¿Quién lo está haciendo bien?”

“Jim”, me dijo, “no tienes que ser otra persona para ser santo. Simplemente, sé tú mismo. Después de todo, esa es la persona a la que Dios ha llamado a los jesuitas”. El consejo de David me ayudó a relajarme y a ser apreciado por ser quien era, no por quien no era. Además, pude dormir más tiempo.

3.) “No estás casado con todo el mundo”. Cuando estaba estudiando filosofía en la Universidad Loyola de Chicago, vivía en una comunidad de jesuitas grande, donde hice montones de amigos. Pero había un problema: muchos de los miembros de la comunidad tenían diferentes gustos y aversiones, lo cual no es ninguna sorpresa. Era la primera vez que vivía en una comunidad grande con tantas maneras diferentes de ver la vida.

Había uno, por ejemplo, que se molestaba si no pasabas su ropa de la lavadora a la secadora. (“¿Por qué no la has puesto en la secadora? ¡Está toda mojada!”) Otro se enfadaba si la ponías en la secadora. (“¿Por qué has puesto mi ropa en la secadora? ¡Se va a encoger!”) A otro no le gustaba hablar de los estudios durante las comidas: demasiado estresante. A otro sí que le gustaba: le ayudaba a liberarse de agobios. Me resultaba difícil estar pendiente de todo. ¿Cómo agradar a todo el mundo? Un día le dije a mi superior: “Siento que debo recordar lo que le gusta a cada uno. Y cuáles son los pequeños gustos y aversiones de cada uno. Me estoy volviendo loco”.

Dick Vande Velde, el director de los jesuitas en formación en Chicago sonrió y dijo: “No estás casado con todo el mundo, Jim. No es necesario agradar a todo el mundo. Además, no podrías aunque lo intentaras. Basta que seas amable y generoso y el resto se solucionará solo”.

Detrás del buen deseo de agradar a todo el mundo estaba el no tan buen deseo de gustarle a todo el mundo, lo cual es imposible. Ni siquiera Jesús, mientras vivía en la Tierra, era admirado universalmente. ¿Por qué iba a serlo yo?

4.) “No dejes que nadie te impida ser la persona que quieres ser”. Voy a contar esta historia sin algunos detalles. En un cierto momento de mi formación como jesuita, viví con una persona difícil en la comunidad. (¡Qué raro!, ¿verdad?) Tenía muchas características buenas, pero también tendía a discutir y era agresivo. (Más adelante, terminaría abandonando la Orden). Como yo siempre chocaba con él, iba cambiando poco a poco en respuesta a él: siempre estaba en guardia —agresivo y tendente a discutir también— para así protegerme.

Llegado un momento, le dije a mi director espiritual que su personalidad parecía estar convirtiéndome en una persona diferente, una persona que no me gustaba. Estaba convirtiéndome en alguien por reacción frente a él.

“No dejes que nadie te impida ser la persona que quieres ser”, me aconsejó. “No tiene derecho a hacer eso, ni siquiera tiene la capacidad de hacerlo. Dios desea que seas amable y caritativo. No dejes que él te distraiga”.

Era un consejo difícil de seguir. Pero era esencial. Mejor que dejar que los problemas de otros te moldeen, conviértete en la persona que Dios quiere que seas.

5.) “Tú no eres Jesús”. Después de mis estudios de filosofía, trabajé con el Servicio Jesuita a Refugiados en Nairobi (Kenia). Era un trabajo fantástico. (No hace falta que diga que ya había superado mis miedos respecto a trabajar en el mundo en vías de desarrollo: ¡había pedido yo ir!) Pero poco a poco fui empezando a agobiarme por todo lo que había que hacer. Nuestro trabajo consistía en ayudar a refugiados de África oriental para que empezaran pequeños negocios, lo cual incluía: reunirse con ellos de manera regular; estar pendiente de sus negocios (talleres de sastrería, panaderías, restaurantes, granjas de pollos); ayudarles a orientarse en su trato con la administración pública; organizar la ayuda médica cuando se ponían enfermos, y, simplemente, escucharles. ¿Cómo podría hacer todo eso?

Después de unos pocos meses, le confesé lo abrumado que me sentía a mi director espiritual, George Drury, un jesuita de Nueva Inglaterra asentado en Nairobi. “¿De dónde has sacado la idea de que tienes que hacerlo todo tú de una vez?”, me dijo.

Qué pregunta más tonta, pensé. Bueno, le dije, eso es lo que haría Jesús. Él les visitaría. Él estaría pendiente de sus negocios. Él solucionaría sus problemas. Él les ayudaría a curarse. Él les escucharía. Y dijo George: “Es cierto. Pero tengo noticias para ti: ¡Tú no eres Jesús! Nadie puede hacerlo todo. Ni siquiera Jesús curó a toda la gente de Palestina”. Aceptar mis limitaciones y mi “pobreza de espíritu”, es decir, mis propias limitaciones, me ayudó a hacerlo lo mejor que podía y dejar el resto para Dios.

Algún tiempo después, otro director espiritual diría lo mismo en pocas palabras: “Está la Buena Noticia y la Mejor Noticia. La Buena Noticia es que hay un Mesías. ¡La Mejor Noticia es que no eres tú!”

E-mail Newsletter

Stay connected with The Jesuit Post and be notified of new content and ongoing discussions.